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El teclazo por la verdad

Oh, si el Tío Sam es bizco

Por Norland Rosendo González


Parecía que tenía la mirada clavada al otro lado del océano. Allá, muy lejos, donde los pozos de petróleo brotan como los manantiales de agua aquí; donde osan usar uranio enriquecido sin su anuencia; donde es necesario sacar del camino a un «tirano» para consumar sus planes geoestratégicos contra Rusia y China. Allá, donde se huele todos los días a carne quemada por las dos últimas guerras contra «el mal».

Pero no, el Tío Sam, tan astuto como siempre, estaba mirando por el rabillo de un ojo hacia otra parte. Hizo el guiño que sus súbditos esperaban y cuando el Complejo Mediático Industrial trasmitía los goles de la Eurocopa, se consumó el zarpazo en Paraguay, un golpe al Estado (y sobre todo, al pueblo), una jugarreta política que dejó «fuera de juego» al mandatario legítimo, en nombre de los intereses de las trasnacionales del agronegocio y las finanzas, de la oligarquía nacional y de la extrema derecha apoderada del poder legislativo.

Sin el beneplácito de Washington, las elites de poder conservadoras en América Latina y el Caribe son incapaces de mover un dedo. Lo acaba de confirmar el escándalo de Paraguay. La «senadocracia», un grupito de mandamás con los bolsillos llenos, decidió quebrar la constitución para destituir al presidente electo por el mismo sistema democrático que ellos habían alabado tanto: las urnas.

A Fernando Armindo Lugo Méndez, un hombre de una ética y una dignidad que desentona con la de los herederos del dictador Alfredo Stroessner, le hicieron un juicio express, ni siquiera sumarísimo, porque fue tan breve, que de los cinco días que le correspondían para su defensa, solo le dejaron menos de 24 para prepararse y dos horas para presentarla. Dos tristes horas para la nación mediterránea, y en una votación que se sabía de antemano, le dijeron a Lugo: Fuera, tú no sirves para administrar nuestros intereses patrios, tu norte es el sur, y el nuestro, el norte.

La derecha sabía que cinco días eran suficientes para que el pueblo guaraní se articulara y defendiera a su presidente con el apoyo de los organismos regionales (UNASUR, CELAC) que poco a poco le quitan las fronteras a Nuestra América y unen a los hermanos que nunca debieron estar separados.

Los diputados pidieron al Senado que lo juzgara en virtud del artículo 225 de la constitución paraguaya: El Presidente de la República, el Vicepresidente, los Ministros del Poder Ejecutivo, los Ministros de la Corte Suprema de Justicia, el Fiscal General del Estado, el Defensor del Pueblo, el Contralor General de la República, el Subcontralor y los integrantes del Tribunal Superior de Justicia Electoral, solo podrán ser sometidos a juicio político por mal desempeño de sus funciones, por delitos cometidos en el ejercicio de sus cargos o por delitos comunes.

Y alegaron que Lugo había desempeñado mal sus funciones, « (…) en razón de haber ejercido el cargo que ostenta de una manera impropia, negligente e irresponsable, trayendo el caos y la inestabilidad política en toda la Republica, generando así la constante confrontación y lucha de clases sociales (…)».

Lo acusaron de instigar la lucha de clases en una concentración de jóvenes socialistas, de generar inseguridad en el país, de firmar un documento de la UNASUR que prevenía la ocurrencia de golpes de Estado, pero para la derecha local ese texto tenía otra lectura: «constituye UN ATENTADO CONTRA LA SOBERANÍA de la República del Paraguay» y para rematar, de ser el responsable de la matanza del 15 de junio pasado en Curuguaty, durante un desalojo de latifundio propiedad del ex presidente del Partido Colorado, Blas Riquelme, donde perecieron seis policías y 11 campesinos.

No había pruebas, pero la prensa, aliada con los intereses oligárquicos, se había encargado de visibilizar «los hechos» y generar estados de opinión favorables al juicio político. Desde Washington, y a través de su fastuosa embajada en Asunción —una estación CIA con sólidos tentáculos desde la época del Plan Cóndor—, seguían la puesta en práctica del nuevo guion para atomizar a Latinoamérica y detener el auge izquierdista de los últimos tiempos en la región.

La fractura de la constitucionalidad, con visos de acto legal, es la nueva propuesta de las elites reaccionarias para asumir el poder en contra de la voluntad popular. Sin despliegues militares en las calles, ni generales quemando la Carta Magna y disolviendo parlamentos; sin encarcelamientos de mandatarios legítimos, ni su envío al exterior. Los golpes de ahora son diferentes, bajos, como ganchos al estómago para dejarte sin aire por un momento y cuando despiertes, todo te parecería igual, pero no lo es.

El nuevo milenio empezó con los intentos fallidos en Venezuela 2002, pero el pueblo reaccionó rápido, neutralizó a Pedro El Brevísimo Carmona y su séquito y restituyó a Chávez en el poder. A Bolivia la quisieron desmembrar en 2008, variante secesionista que fue abortada.

Después vino el triste caso de Honduras 2009, al mandatario Manuel Zelaya lo montaron en un avión y lo dejaron en la pista aérea de Costa Rica. Un año después, colocaron a la policía ecuatoriana contra su presidente y la situación se puso muy tensa, pero esa vez los militares de honor restablecieron el orden.

Ahora le tocó a Paraguay, con una maniobra política inédita, en virtud de las vulnerabilidades de una democracia tutelada por grupos reaccionarios muy poderosos (en dinero, tecnología y asesoramiento exterior).

Tras todos esos capítulos contra el ascenso de las fuerzas progresistas al poder en América Latina y el Caribe está la mano de los jerarcas de los E.E.U.U., que siguen apostando porque este sea su traspatio donde vender sus mercancías manufacturadas, extraer riquezas naturales baratas o gratis, instalar bases militares y conservar una hegemonía cultural que le garantice su dominio imperial.

América ha de andar despierta, previsora, ante la probable ocurrencia de otras jugarretas de Washington y sus aliados locales en tiempos en que la unipolaridad hace aguas ante la emergencia económica y política de China, Rusia, Brasil, India, Argentina, y la articulación de alianzas regionales basadas en la cooperación, la complementariedad y el respeto a las diferencias, sin que en ellas participen los Estados Unidos.

Parecía que estaba entretenido en otra parte del planeta, pero no, el Tío Sam ha demostrado que su apetito de poder es tan voraz que no duerme, y haciéndose el bizco, guiñó el ojo de la derecha para que sus acólitos de Paraguay dieran otro golpe bajo a la democracia y a la unidad continental.

 

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