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El teclazo por la verdad

Cuba de todos

Por Norland Rosendo González

Medio siglo de hereje, navegando a contracorriente. Esa es Cuba. Cuando la mayoría va río abajo, por el curso que indican los todopoderosos del capital, ella lo hace a la inversa, en busca de la utopía.

Y no se cansa. Sabe que no puede hacerlo, y menos ahora que el mundo agoniza por tantas crisis: económica, alimentaria, climática, de sentimientos, de sueños.

Ella sigue, con todos sus hijos, construyendo el Socialismo, una obra gigante y perfectible que se debe renovar cada día, porque si no, muere de rutina y desidia. Y esta osadía nuestra de rebelarnos y resistir al imperio más devastador que haya conocido la civilización, tiene que sostenerse para el bien de sí y de los millones que creen en nosotros.

Pero no hay un rumbo único y los escenarios cambian vertiginosamente. Es imprescindible, entonces, el debate: qué queremos, cómo lograrlo. Porque Cuba es de todos, incluso, hasta de aquellos que desde el extranjero la defienden de las agresiones mediáticas y se baten, con las ideas y la razón, en las cruzadas cotidianas por la verdad y la ética.

Si afuera hay gente que da la vida por nosotros; adentro, nadie debe quedar fuera de esta gran asamblea de pueblo para pensar, sin exclusiones, en los cambios necesarios que garanticen el Socialismo, autóctono, martiano y marxista, sin dogmas; pero fuerte e irreversible, como las convicciones de Fidel.

No es cuestión de generaciones. De fibras patrióticas estamos hechos los que hicieron la Revolución y los que la heredamos. Pero cada uno con su estilo, sus enfoques, sus percepciones. En la diversidad hay una gran fortaleza de nuestro proyecto social, una de las columnas que mejor sostienen a Cuba.

Nos unen las mismas ideas. Y esas han de ser la coraza contra los escépticos, los apocalípticos, los que quieren rendirse a mitad de camino, los que son incapaces de vislumbrar un mundo mejor.

Para defender a Cuba de los enemigos de adentro y de afuera, hacen falta, tanto como la voluntad, argumentos, cultura política e ideológica. No son tiempos de golpear sobre un buró para que la gente obedezca, ni de que dirijan mediocres u oportunistas. Esos hacen daño, porque coartan las buenas iniciativas, las engavetan, limitan el diálogo, tratan de imponer su autoridad por designio y no por convencimiento.

No hay que temerle a la confrontación de criterios. Sí a los silencios sepulcrales que ocultan verdades. Cuba necesita hoy del protagonismo de sus hijos conscientes del momento histórico, que no teman analizar con franqueza la realidad y señalen las deficiencias e insuficiencias para poder superarlas.

Si esta Revolución ha resistido 50 años de agresiones, de un férreo bloqueo económico, comercial y financiero, calumnias y problemas internos: subjetivos y objetivos, ha sido, en gran parte, por el liderazgo de Fidel, quien en circunstancias difíciles, cuando otros creían que llegaba el fin, se paró ante su pueblo y le dijo, con sobriedad y optimismo: ¡podemos seguir!, contamos con las ideas, el arma más poderosa que existe en el universo, y esas —nos ha dicho siempre él— no hay huracán de dificultades ni poderosos capitalistas que las destruyan.

Con ese espíritu, hay que perfeccionar nuestra economía, elevar los rendimientos agropecuarios, mejorar la eficiencia y la productividad de la empresa estatal socialista. Lograr calidad en los servicios a la población. Pensar primero y ejecutar después. Porque no hay margen ahora para despilfarrar recursos, ni para cometer errores ingenuos por falta de previsión. Esos cuestan muy caro, y hasta desmotivan.

Por eso, entre todos, tenemos que proyectar la sociedad qué queremos, el modelo económico que más se ajusta al contexto en el cual vive Cuba hoy, sin descuidar los posibles escenarios de mañana.

Y coloquemos al frente de cada tarea a los más capaces, esos que convencen con razonamiento y sentido común, y que reconocen con humildad cuando se equivocan. Porque hasta al mejor escribano se le va un borrón. Malos aquellos que para evitar los errores, prefieren no hacer, esperar siempre que le digan «de arriba», e intencionalmente, bloquean  buenas propuestas de quienes están a su alrededor.

Para continuar a contracorriente del rumbo capitalista —tan enajenante como avasallador de la especie humana— es imprescindible crear todos los días, aportar nuevos argumentos y riquezas, desbrozar el camino de las malezas ideológicas sembradas por los antimarxistas.

Nuestro socialismo tiene suficientes razones para desmarcarse de los modelos de manual y tomar solo lo mejor de las experiencias foráneas. Debe cristalizar del talento y el esfuerzo de los cubanos, de todos, desde el campesino que tributa los necesarios alimentos, hasta los científicos que garantizan la sobrevivencia de la humanidad.

Cuba puede, y no se cansará.

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