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El teclazo por la verdad

Los árboles y el bosque

Por Norland Rosendo González

Leyendo los viernes el periódico Granma he sentido envidia. Y lo digo sin sonrojo, he sentido tremenda envidia de la vocación periodística de muchos lectores, cuyas cartas son excelentes comentarios, bien argumentados, coherentes, con un discurso sobrio pero reflexivo.

Ojalá todos los periódicos cubanos tuvieran un espacio así para el debate. Nosotros, en 8 páginas y con frecuencia semanal, no podemos más que soñar por ahora, aunque en la edición digital disponemos de un foro interactivo (www.vanguardia.co.cu/foros) para la confrontación de ideas.

Para los periodistas, los políticos y los intelectuales, la polémica es un arma de grueso calibre, que bien empleada, enriquece, alumbra y construye. Pero cuando se vuelve áspera, ácida y malintencionada, tiene el efecto contrario. Y esa es la que hay que evitar.

Por lo pronto, bienvenida. A la sociedad cubana le hace mucha falta en estos tiempos para comprobar la salud de los árboles que la conforman, sin perder de vista el bosque.

Acudo a la frase del Che Guevara en su antológico ensayo El Socialismo y el hombre en Cuba: «Se corre el peligro de que los árboles impidan ver el bosque», y francamente, es importante que tampoco ocurra a la inversa. Una tendencia muy arraigada en nuestro país.

El hipercriticismo es tan funesto como la complacencia acrítica. Pero antes que obligar a alguien a hablar preferiría mejor «callar» a otro. Por lo menos, se sabe qué piensa y eso da pie para el análisis. La franqueza constituye una virtud.

Por ahí andan ahora algunos criticones de todo. Encienden su verbo para arremeter contra nuestro proyecto socialista y sustentan sus posiciones incendiarias en los defectos y los errores que hemos cometido, y que no hay razón para negar, son nuestros.

Buscan los árboles flacos o comidos de comején para negar la robustez del bosque. Exageran. Cuestionan, y no para mejorar. A esos, resulta necesario responderles, con juicio y los tantos argumentos que tenemos, que el bosque es diverso, heterogéneo, pero saludable.

Contamos con datos sólidos, con comparaciones irrebatibles que, bien esgrimidos, ayudan para lidiar con estos personajes. Una variante más saludable que obviarlos o «silenciarlos». Ellos mismos caen, incapaces de sostenerse ante la razón y la contundencia de la verdad.

Hasta oírlos resulta prudente, pues en su andanada de críticas, están las claves para la polémica. Quizás los haya confundidos, que se pueden sumar a nuestra causa.

Por eso digo que para lograr resultados en el trabajo político e ideológico se requiere de mucho estudio, no alcanzan las horas libres para tanta lectura imprescindible, para la reflexión, preguntar. Urge comprender, integrar, porque el mundo avanza, y no lo hace en línea recta. De lo contrario, nos rebasan los criticones, y no sabremos cómo responderles, sino a la «fuerza», y esa jamás convence.

La mayoría de los que emiten juicios críticos no lo hacen con malas intenciones. Hay que estar atentos, prestos a escucharlos, pues resultan artilleros contundentes que ponen la bala donde está el agujero negro. Y existen por ahí también quienes quieren negar la existencia de problemas, de insuficiencias, con el añejo pretexto de no enseñarle nuestros defectos al enemigo, cuando la mayoría de las veces lo que realmente ocultan son sus incapacidades y errores.

Entonces, en un pataleo desagradable, intentan confundir a los revolucionarios con sentido crítico con los contrarrevolucionarios. Esa posición no concuerda con el llamado de Raúl a analizarnos profundamente, con objetividad, poniendo el énfasis en las dificultades.

En este bosque inmenso, que ha sido pulmón ideológico de la izquierda en los tiempos de la debacle del socialismo europeo y frente a los cañonazos neoliberales y neoconservadores, han crecido árboles torcidos. Son más, sin embargo, los bien plantados, fuertes, que han echado follaje a pesar de los ciclones y de la escasez, y reverdecen en el ejercicio responsable de su criterio para que el conjunto sea imperecedero.

El debate público a través de las páginas de Granma, los escasos espacios que otras publicaciones impresas dedican a los lectores, el paradigmático Alta Tensión, de la CMHW, son un reflejo de estos últimos. Y, tengo que decirlo con orgullo, hay lectores y radioyentes en Cuba que serían excelentes periodistas.

Los leo para aprender, palpitar la cotidianidad, poder ejercer esta profesión más cerca de la realidad, con sus tonos y grises, y para confirmar —aunque les duela a otros— que este bosque tiene potencialidades para seguir creciendo, y que él mismo sabe sacudirse de las plantas dañinas.

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