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El teclazo por la verdad

Las petroguerras del imperio

Las petroguerras del imperio NORLAND ROSENDO GONZÁLEZ

Una década después el mundo no es el que debía ser. El 11 de septiembre de 2001 fue un «parteaguas» en la historia de la humanidad y el humo de las Torres Gemelas ardiendo, lejos de apagarse, se propagó por regiones sin muchas industrias, pero sí con muchas riquezas, sobre todo, petróleo. El mundo «avanzó» para atrás.
Al trono del imperio había llegado en Enero de ese año un hombre sin la legitimidad que ese cargo amerita. Unas reñidas elecciones fueron decididas en el estado de la Florida, donde una mafia acostumbrada al juego sucio le puso en bandeja de plata un triunfo en el que pocos (ni siquiera sus correligionarios) creyeron. George W. Bush, el hijo del padre, entraba por la puerta estrecha a la Casa Blanca.
Tras ese espectacular secuestro de la democracia se escudaban un equipo de trabajo, asesores, expertos y amigos que aceleraban los planes trazados mucho antes por los tanques pensantes de la ideología neoconservadora, a la espera paciente de una oportunidad como esta: un mandatario bruto, manipulable, pero con ansias de poder y $$$$.
A los 8 meses de haber sido ascendido a comandante supremo de los petroguerreros del siglo XXI, las circunstancias —extrañas circunstancias—, obligaron a W. Bush a darle un timonzazo violento al rumbo de la civilización.
Por entonces ya no estaba caliente la Guerra Fría. El fantasma del Comunismo se había escurrido por el Muro de Berlín (derribado en 1989) y no quedaban vestigios de él en la «vieja y culta» Europa. La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) era historia hacía una década y Yugoslavia fue a mediados de los años 90 el escenario de un experimento militar que oxigenó la voracidad del imperio.
Un nuevo enemigo tendría que surgirle a la Humanidad. El escogido fue uno que antes había sido aliado de los Estados Unidos contra el comunismo y ahora se convertiría en blanco de las bombas fabricadas por el Complejo Militar Industrial: los terroristas musulmanes. Ellos, los que osaron atacar el corazón del país más poderoso del mundo en nombre de Alá, de Mahoma, de Osama Bin Laden.
El 11 de septiembre, la ideología neoconservadora descorchó champaña, mientras cientos de familias lloraban sus muertos en las Torres Gemelas. Comenzaba una Nueva Era con W. Bush disfrazo de Dios para salvar a su pueblo de los «diabólicos islamistas».
Empezaron así las guerras infinitas, las petroguerras. El emperador anunció su celestial misión de «iluminar» todos los oscuros rincones del planeta, una lista elaborada por Washington en la que figuraban (y figuran) los herejes, aquellos que quieren construir un mundo diferente al diseñado por los señores de Wall Street.
Y el cielo se iluminó a partir de entonces. Pero no con la luz de la coexistencia pacífica, la solidaridad y el desarrollo sostenible, sino con mortíferos rayos de misiles y bombas hechas con sustancias prohibidas que queman la piel y son lanzadas en nombre de la libertad y la protección de los mismos civiles a los que mata por «simples errores de cálculo o daños colaterales», según la nueva terminología de la propaganda militar imperialista.
La primera víctima es la verdad, la secuestraron en Afganistán, Iraq y ahora en Libia. Y ya Siria está siendo sometida a un bombardeo intenso de mentiras que satanizan al mandatario de esa nación Bashar al-Assad.
Casi desarmada, la opinión pública internacional vive bajo los efectos de la manipulación mediática, una droga que penetra por los ojos y los oídos, adormece los sentidos y cuando la gente despierta, ya los petroguerreros están instalados en sus nuevos feudos y repartiéndose el botín de guerra: petróleo, minerales, tierras, mercados…
El siete de octubre de 2001, aún humeantes las Torres Gemelas, comenzó la destrucción de Afganistán, donde supuestamente estaba el líder de Al Qaeda, Osama Bin Laden, cerebro del terrorismo islámico y, según Washington, el autor intelectual del fatídico 11/S. La operación Libertad Duradera contaba con el respaldo de la ONU y de una población norteamericana que exigía justicia, lo que el emperador entendió como venganza y luz verde para sus arteros planes de conquista.
Primero, comenzó a funcionar el Complejo Mediático Industrial, una maquinaria de prensa perfectamente engrasada y alineada con los más sórdidos intereses del gran capital, que allanó el camino con su novelesca versión de los hechos y la exacerbación del patrioterismo yanqui.
Después, las bombas contra un gobierno semifeudal, incapaz de defenderse de una agresión que hacía gala de lo más sofisticado de la tecnología bélica del Pentágono. Al final, una masacre que aún no concluye, un presidente que semeja un alcalde, pues apenas controla la zona comprendida en el perímetro de la capital.
Pero la barbarie le reportó colosales dividendos al Complejo Militar Industrial y a las mafias empresariales que rodeaban al emperador W. Bush, suficiente para seguir conquistando territorios, imprescindibles en las proyecciones geoestratégicas y económicas de los Estados Unidos.
El 20 de marzo de 2003 le tocó a Iraq, un país «gobernado por un tirano bárbaro que disponía de peligrosas armas con las que dominaría al mundo arbitrariamente». Otra mentira, esas armas nunca aparecieron, pero a tanta insistencia de los medios de la (des)información, la gente creyó que era verdad, y no se opusieron a la agresión.
De las consecuencias, ni hablar. Las cifras de muertos civiles superan el medio millón, y esos resultan cálculos conservadores. La cantidad exacta nadie la sabe, ni la sabrá nunca, pues forma parte de los secretos militares que los petroguerreros guardan con extremo celo, al fin y al cabo ellos fueron a Bagdad a «salvar a los civiles» y por «errores» de las armas han diezmado a la misma población que debían proteger. Incluso, la mirilla «desajustada» de un tanque del Ejército de los Estados Unidos provocó la muerte el 8 de abril de 2003 del camarógrafo de Telecinco José Couso y el ucraniano Taras Protsyuk, en el Hotel Palestina, sede de la prensa internacional en Bagdad. Aún ese crimen no ha tenido respuesta.
Iraq no era cualquier nación: tiene importancia geoestratégica en el Golfo Pérsico y constituye la segunda reserva de crudo del
Mundo (EE.UU. consume el 25% del petróleo mundial). Bien valía, según las lógicas imperiales, una invasión, aunque esta vez la ONU y la comunidad internacional no le dieron visos de legalidad.
A esas alturas del siglo XXI, con una economía doméstica que apuntaba a una crisis a la postre consumada, Washington no podía seguir esperando por ese consenso si, a fin de cuentas, ellos son el imperio. Pobre mundo este.
El propio The New York Times, reconoció que el Pentágono había utilizado desde 2003 a decenas de «analistas militares» para generar una cobertura positiva de la lucha antiterrorista en los medios de comunicación.
La doctrina de la guerra preventivas (el engendro conceptual de Bush y sus acólitos, que no es otra cosa que un crimen de guerra) partía de principios básicos: el país atacado debía estar prácticamente indefenso, poder ser convertido en una amenaza para la supervivencia de la especie humana y la invasión debía ser poderosa y avasalladora para no dejar margen a dudas.
El emperador había afirmado en un discurso en 2003: «Ahora, en este siglo, la ideología de la fuerza y la conquista aparecen de nuevo
(…) Una vez más se nos llama a defender la seguridad de nuestro pueblo y las esperanzas de toda la humanidad».
Típico en un hombre como él, no tuvo en cuenta siquiera las voces de personas muy influyentes, algunos coterráneos suyos, inclusive. El ex presidente Jimmy Carter lo había acusado en 2002 en un artículo en el periódico Washington Post «de despreciar olímpicamente a la comunidad internacional y de permitir acciones similares a las de los regímenes abusivos que ha condenado históricamente Estados Unidos».
Ya W. Bush no está al frente de los petroguerreros. Lo sucedió un hombre más inteligente que llegó, incluso, a ser Premio Nóbel de la Paz, pero incapaz de detener la carrera armamentista y las guerras imperiales.
Ahora, Libia fue (y está siendo aún) sometida a un bárbaro ataque aéreo de las fuerzas de la OTAN, que se arrogaron el derecho (ilegítimo) de cumplir una cuestionable Resolución de la ONU contra el gobierno de Muammar al Gaddafi.
Esta vez, para variar: las potencias imperiales crearon, organizaron y le dieron la logística necesaria a un grupo de opositores, a los que convirtieron en Consejo Nacional de Transición y, muy importante, les abrieron sus micrófonos para que dieran su versión al mundo.
Los rebeldes fueron la avanzada, el pretexto para agredir a otra potencia petrolera. La OTAN intervino para «proteger a los civiles de la masacre a la que los sometía el tirano Gaddafi», pero parece que esa orden llegó distorsionada a los pilotos y los controladores de los aviones no tripulados, porque esa misma población ha sido la principal víctima de los bombazos aéreos.
Sin recato alguno, aún sin terminar los combates en Libia, ya los poderosos se están repartiendo las riquezas de esa nación norafricana. Los buitres pican el pastel y engullen rápido, pues las crisis económicas de sus respectivos países exigen recursos inmediatos para intentar reflotar.
Pero serán insuficientes, por tanto, una nueva presa está en la mirilla: Siria, rico también en yacimientos petrolíferos. Los petroguerreros han puesto a funcionar su Complejo Mediático Industrial: lanzan misiles de mentiras por todos los medios a su disposición, como complemento de la coerción económica y los chantajes diplomáticos.
Cuando secuestren la verdad y la opinión pública internacional no sepa a ciencia cierta qué pasa y cuáles son los solapados intereses de los agresores, le tocará el turno al otro Complejo, el hermano mayor, el Militar Industrial, que intervendrá entonces para liquidar a un «régimen dictatorial que mata civiles, tortura, roba y lesiona la seguridad de la especie humana».
La misma historia, el mismo guión. El 11/S le puso PARE al curso civilizado de una parte importante de la humanidad y aceleró su marcha hacia atrás. Las petroguerras del siglo XXI han puesto a arder al planeta. Si no se sofoca inmediatamente la apetencia imperial, mañana será demasiado tarde.
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