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El teclazo por la verdad

No basta con producir

Por Norland Rosendo González

Hace una año, escribí un comentario titulado: Producir, producir y producir. Una verdad que parece de Perogrullo para la agricultura cubana, pero que resulta oportuno retomar ante decisiones «cosechadas» fuera del surco, que alejan del plato diario lo que con tanto sudor logran los campesinos y ponen en «3y2» a la economía nacional.

Hace unas semanas, el director general de la FAO (Organización de las naciones Unidas par la Alimentación y la Agricultura), José Graciano da Silva, anunció que los precios de los alimentos se mantendrán altos y volátiles en la próxima década. Solo en julio, el alza fue de 6%.

Para Cuba, las transacciones se encarecen por la severidad del bloqueo económico, comercial y financiero que impide adquirir cualquier producto que contenga al menos 10% de tecnología o componentes de ese país.

El maíz amarillo se cotizaba el pasado 13 de septiembre (incluido costo, seguro y flete hasta Cuba) a 321 dólares la tonelada. En junio costaba 293. Y en agosto de 2010, el precio era de 207. A ese ritmo, dentro de muy poco, con lo que antes se adquiría una tonelada, podremos comprar apenas la mitad.

El arroz, de agosto de 2010 a este mes ha subido 78 dólares la tonelada, y es uno de los alimentos cuya tendencia alcista parece irreversible en los próximos años, según los pronósticos de los expertos. Una tonelada de leche en polvo descremada valía hace dos años 3 062 dólares. Ahora, 3 421.

Basta con esos tres ejemplos para hacer una reflexión muy sencilla: los mecanismos de acopio tienen que funcionar con eficiencia, inmediatez y sobre todo, sentido común, para que los productos no cojan ciertos atajos que, a la postre, los acercan al consumidor, ¡pero a qué precios!.

Resulta difícil comprender que a un vaquero no le hayan recogido durante varias semanas la leche porque alguien decidió que el carro cisterna no debía detenerse frente a su hogar. Tenía que montar las cantinas en un carretón y llevarlas a más de un kilómetro de su morada para que el mismo vehículo la acopiara.

Por suerte, ya el asunto se solucionó, pero no fue poco lo que dejó de entregar a la industria. A veces, un centenar de litros diarios. Otros, en situación similar, optaron por hacerla quesos, e incluso, emplearla como alimento animal.

Una tonelada de leche en polvo es el equivalente a 10 mil litros en estado fluido. Si una de aquellas cuesta en el mercado foráneo más de 3 000 dólares; cada 100 litros que se dejen de acopiar puede implicarle al Estado gastos cercanos a los 30 dólares para evitar que un niño o un enfermo queden sin ese alimento. Sume semanas, meses… Ahora, para que el asombro sea mayor, sepa que Villa Clara al cierre de agosto le debía 2 619500 litros al plan de entrega a la empresa láctea.

A finales del año pasado, el Gobierno tuvo que erogar 15 millones de dólares más de lo planificado para cubrir con leche del exterior los 40 millones de litros que se dejaron de aportar a la industria, lo que refleja un incumplimiento del Lineamiento 184 de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución: «priorizar, a corto plazo, la sustitución de importaciones de aquellos alimentos que puedan ser producidos eficientemente en el país».

Con la entrega de tierras por el Decreto Ley 259, la venta de insumos, los créditos a los productores agropecuarios y otras decisiones tendentes a incentivar un sector estratégico, incluso, para la seguridad nacional, los volúmenes cosechados van en ascenso. No siempre al ritmo deseado, pero crecen.

A la par, deben ajustarse los mecanismos de acopio y comercialización. Y mucha severidad con los responsables de que no queden productos contratados en el surco, porque por ahí hay quien prefiere echarle el combustible a «su» jeep que a un tractor para que entre al campo a comprarle al labriego su cosecha.

El contrato, poco a poco, adquiere el protagonismo que merece. Aún no todos se conciben con la rigurosidad óptima; no obstante, la práctica va corrigiendo los errores, las premuras y otros problemas que lastran el correcto acuerdo entre las partes.

En cada documento debería fijarse con exactitud la fecha de recogida, las posibles variantes ante contingencias, cuándo se entregan los insumos, las cantidades, qué hacer ante picos de maduración adelantados o retrasados y otros elementos que le garanticen al productor un mercado seguro, rentable y eficaz para sus cosechas, y también beneficios a la contraparte.

Mientras más amplio sea el texto, menos espacio habrá para las justificaciones, los pretextos y otras «salidas» que atentan contra el Lineamiento 177: lograr que este sector (agroindustrial) aporte progresivamente a la balanza de pagos del país, para dejar de ser un importador neto de alimentos y disminuir la alta dependencia del financiamiento que hoy se cubre con los ingresos de otros sectores.

No basta con producir. Me pregunto qué pasaría si los responsables tuvieran que pagar de su bolsillo cada vez que por razones subjetivas dejaran de acopiar comida. Todavía hay enormes plantones de marabú en las mentes de algunos burócratas. Y ese es más perjudicial que el que crece en los campos. 

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