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El teclazo por la verdad

Profe, no entiendo

Profe, no entiendo

Un homenaje a los maestros cubanos en su Día este 22 de diciembre.

Por Norland Rosendo González

Cuando era estudiante, me «tragué» algunas veces esa frase. No todos los maestros la asimilaban y en la mayoría de las ocasiones, hacían una síntesis en cinco minutos de la clase que era más difícil aún de comprender.

― ¿Y ahora?, preguntaban.

― Unas veces movía la cabeza de hombro a hombro y otras, utilizaba el lenguaje verbal para decir lo mismo: un «más o menos» que equivalía a «me quedé igual».

Con el tiempo, y con profesores excepcionales, pacientes, que vivían cada clase como una etapa del inconcluso e infinito proceso de aprendizaje y no un acto bancario de transferir datos, aprendí a no salir del aula con dudas y si las tenía, irme con la lista de los libros en los que podría encontrar las respuestas.

El «no entiendo» puede ser el punto de partida para repensar el método, la velocidad de las palabras, la correlación de conceptos y su «corporización» en ejemplos, imágenes, historias. Para estimular el diálogo, la creatividad del educando, su curiosidad, y abandonar ese monólogo aburrido, semejante al del curso anterior y al anterior del anterior, que, visto con ojos críticos, suele adormecer la capacidad de inquietarse, preguntar, comparar.

Aún recuerdo aquellas clases en las que un maestro de sexto grado se ponía a inventar historias de cuando él «fue» al monte Everest, de la nieve, la vegetación, los animales que vio, y nosotros, absortos, nos quedábamos prendidos a sus narraciones e íbamos después a los libros a aprender más.

Siempre le voy agradecer sus lecciones de geografía y esa capacidad de fabular para enseñar, para hacernos vivir un clima frío, que, aunque usted no lo crea, nosotros sí llegamos a sentirlo, mientras él hablaba de las temperaturas bajo cero grado y los esquís que nunca montó.

Y también a aquel profesor de Historia de Cuba que llegó una vez al aula con un paraguayo para demostrarnos cómo se hacían las cargas al machete, y blandió en el aire tres o cuatro veces el instrumento mientras corría por el pasillo. Entonces, comprendí el terror de los españoles cuando el ejército mambí se abalanzaba sobre ellos con esa original arma que nunca habían visto en las academias militares ibéricas.

Pero no todo es contar la historia. Para entender al mundo, sus procesos, la necesidad de equilibrio, racionalidad, de comportarse con ética para salvarlo del holocausto al que lo conducen desenfrenadamente los suicidas depredadores del medio ambiente y de la especie humana, se requiere de una pedagogía reflexiva, que enseñe a aprender, investigar, dudar. A asimilar lo nuevo sin desdeñar lo antiguo.

La velocidad que los propios humanos le hemos puesto al carro de la autodestrucción no nos deja tiempo para acumular ideas de manera acrítica; se impone emplearlas para transformar la realidad, enriquecerla, y eso solo es posible con cultura, con una educación que dote a las personas de la capacidad de polemizar, participar y construir colectivamente el conocimiento.

Para mí, no había mejor clase que aquella en la que los alumnos y el profesor nos enrolábamos en un diálogo abierto, y aumentaba exponencialmente el saco de las dudas, en las que había más preguntas que respuestas, y los por qué nos remitían a los libros, a los expertos, a volver al principio para tomar otro rumbo en la comprensión de los fenómenos.

De ahí viene mi respeto por el magisterio. No conozco profesión más noble, altruista y útil para que la especie humana se salve del abismo que esa. Ella tiene el compromiso de formar a las nuevas generaciones no solo para saber operar la avalancha de tecnologías, sino para hacerlo con ética y responsabilidad.

«Profe, no entiendo», es una brújula para lograr esas cualidades. Para empezar de nuevo hasta que los alumnos aprendan a aprender, porque, a fin de cuentas, las clases nunca terminan.

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